Tia Vicenta

Parábolas, Jordán de la Cazuela, 1959

Texto de Jordán de la Cazuela

Parábola de Arturo y los jueces

Y Don Arturo llegó primero. Y se sentó. Y bebió la jarra. Y esperó. Y llegó el primer juez de tierra. Y Don Arturo bajó corriendo. Y lo saludó. Y volvió a su estrado. Y llegó el primer juez del aire. Y Don Arturo bajó, corrió y lo abrazó. Y se volvió. Y llegó el primer juez del agua. Y Don Arturo bajó, corrió y lo saludó. Y llegaron el segundo, el tercero y el cuarto juez de tierra. Y también el segundo, tercero y cuarto juez del aire. Y los segundos, terceros y cuartos juez del agua. Y Don Arturo bajaba, corría y los abrazaba. Y tras ellos llegaron cientos. Y Don Arturo que estaba tras los cojines dijo:
–¡Cuántos!, yo por radio dije que sólo eran tres pares.
–Señores jueces –dijo Don Arturo–. Os he llamado. ¿O ustedes me llamaron? Y por eso os digo: hace mucho, pero mucho tiempo, aquí mandaba el Virrey Baltazar Hidalgo de Amadeo. Y él ocupaba todos los cargos públicos. Y entonces vino la revolución. Y nuestros ejércitos iniciaron campaña…
–¿Cómo termina? –rugió impaciente un juez.
–¿Quién ganó? –dijeron comiéndose las uñas los demás.
–¡Nosotros! –dijo feliz Don Arturo…–. Pero luego vino El Hombre. Y era malo. Y también ocupó todos los cargos públicos. Y las radios.
–Esta es la parte en la que aparecemos nosotros –cuchichearon los jueces.
–Pero la vaca lo venció. E hizo escarnio de él y le vendió la ropa de seda.
–¡Bieeen! –gritaron contentos los jueces–. ¡Viva el muchacho!
–Y la vaca me trajo a mí. Y yo lo traje a Álvaro. Y Álvaro a Ahijuni y a Delfino y a Malatajada…
–¡Basta Arturo! –dijo el juez de los jueces poniéndose de pie. Hemos entendido: hay que proteger a las vacas que son las únicas capaces de arreglarlo todo. Álvaro tomó nota. Y todos tomaron nota. Y los carniceros tomaron nota. Y desde entonces las vacas solo pueden matarse sacrificando seis mil quinientas piastras a cada uno de los que tomaron nota. Y un rey de vacas salió hasta siete millones de piastras. Y Arturo fue feliz porque los jueces sentenciaron: “Puedes quedarte un rato más”.

Parábola de Don Álvaro y los caminantes

Y aconteció que Don Álvaro iba de Güiraldes a mirar como dan vuelta las hélices. En el camino se le acercó un hombre calvo, quien le preguntó: –¿Es usted Don Zondagaray? –Sí, Don Zondagaray de la tribu de los Zondagaray. ¿Y tú? –Yo soy Abrahin, del aduar de los Abrahin –explicó el calvo. Y juntos siguieron el camino. Sentado bajo un expediente hallaron a un hombre que se contaba tristemente los poros. –¿Quién eres? –le inquirió Abrahin. –Soy, dijo el contador de poros, Ahijuni, de la toldería de los Canejo. –Ven entonces con nosotros –le dijo Don Zondagaray echándole un poquito de azúcar sobre la cabeza. Y los tres continuaron la marcha. Camino adelante hallaron a un hombre dividido en trozos, que hablaba con una vaca. –Me llamo Buenaccorto –dijo el gañán señalándole los cortes. –Ya lo vemos –asintió Don Zondagaray. –Puedes venir con nosotros que marchamos de Güiraldes. Y así, andando y andando encontraron debajo de un pañuelo a un hombre muy delgado que tocaba el óboe. –Llamó a mi nariz –explicó el músico. Se puso a jugar con los raizones y ahora no sé cuál es. –¿Quién eres? -–le interpeló rudamente Abrahin del aduar de los Abrahin. –Me llamo Arturo y soy del clan de los Risieri. Andemos entonces –Lo conminó Don Zondagaray. Y a falta de mirra le vertió un poco de guindado.
Y así llegaron. Y allí, en letras muy grandes, vieron que decía: “Vuele por Transalgogaray”. Y Don Zondagaray se paró y miró gozoso. Y los demás entendieron eso por vanidad. Y se les encendió la ira, –¡Güiraldes sí, otro no! –rugieron a coro. –No importa –les dijo Don Zondagaray levantando la mano de alguien. –Esto es lo mismo que si fuera lo que debería ser. Y sino fijense en ustedes mismos. –Cierto –reflexionó Ahijuni de la tribu de los Canejo.
–Nos quiere significar que tomando cinco funcionarios del gobierno, uno es él, otro es calvo, un tercero está trozado, un cuarto es folklorista y el quinto se dedica a tocar el óboe. Y todos dijeron –Es la verdad. Y Lucifer Güiraldes, que espiaba, dejó en el aire una estela de comet, mientras distribuía volantes que decían: “De Havilland Air Craft Estado de su Cuenta”.

Parábola de los honorables

Y entonces el Gran Honorable golpeó el pupitre. Y dijo: –Hagamos algo. Y todos los Honorables dijeron: –Eso es. Y entonces llamaron al Gran Visir. Y cuando apareció, los Honorables Negadores burlaron. Y los Honorables Aplaudidores festejaron.
–Explica, ¡Oh, Gran Visir Álvaro!, por qué ha subido el tomate. Y la batata. Y la patata. Y el poteto.
Y el Gran Visir meditó. Y dijo:
–Poteto no conozco.
Y el Honorable Rodríguez le increpó:
–¡Están vendiendo La Nación a la Prensa!
Y el Gran Visir pensó otra vez. Y dijo:
–No vale la pena contestar.
–¿Por qué un Jefe de Departamento que se está por jubilar tiene que ganar más que un militar recién nacido?
Y el Gran Visir volvió a pensar. Y dijo:
–Tampoco vale la pena…
–¡Por qué tu no eres yo y yo no sé qué cuánto!
–¡Eso sí que no! –rugió el Gran Visir irguiéndose– ¡Y escuchad de una vez tú! Y tú. Y tú. Y vos. –Y el coro de Honorables Aplaudidores repitió pianísimo: –Tú, tú, tú, y vos… Y el Gran Visir prosiguió: –¡Abriré la aduana y arruinaré el contrabando! ¡Haré llover y arruinaré las regaderas! Y lo traeré a Silenzi Rabdomante y le diré: –Ahí tienes Silenzi los diputados querrían. Y mofan. Y morfan. ¡Arréglate! Y me iré a recibir el título de Sir que ya me corresponde. Y le daré la mano a Drake…
–¡Él se va, se va, se va!… –lloró gimiendo el Coro Aplaudidor. Y los Honorables Negativos también se pusieron tristes. Y pensaron fuerte, fuerte hasta hacerse mal. Y cuando ya no pudieron más dijeron:
–No quisimos ofender… No lo divulguen, pero sabemos que Él es el Nuevo Hombre porque…
Y Arturo Califa, que miraba todo en el Colombodeo, completó: –”…en el país de los radicales el cívico es chop…”.
Y el Coro de los Aplaudidores repitió feliz:
–La papa, la papa, la papa.

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Texto titulado “Parábolas”, de Jordán de la Cazuela, publicado en la revista Tía Vicenta (Año 3 – Número 108) el martes 1 de septiembre de 1959.

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